35. El adulto como acompañante.

Bloque 4: Escuela infantil

35. El adulto como acompañante

Comenzamos un nuevo bloque, último del curso. Hasta ahora hemos visto la importancia del vínculo, del acompañamiento emocional y las aportaciones de la pedagogía Pikler; el desarrollo motor, y cómo los peques aprenden. Aunque a lo largo de las lecciones os he ido hablando de escuela y concretando los temas, en este último bloque vamos a añadir los últimos detalles, desde nuestro rol hasta el ambiente y las rutinas.

En esta primera lección de este nuevo bloque os voy a hablar de nuestro rol.

A lo largo de las lecciones hemos visto cómo aprenden los niños y las niñas, la importancia del vínculo, de que cada uno sea protagonista de su propio aprendizaje… y si tenemos en cuenta estas cuestiones, el rol del maestro tradicional, cambia.

No podemos afirmar, que los peques aprenden jugando, que la inteligencia se construye de forma activa a través de la manipulación, el movimiento, el juego, siguiendo el deseo, cuando el ambiente es afectivo, y en cambio, seguir realizando actividades dirigidas, para todos los niños y niñas iguales y en el mismo momento; no podemos “hacerles trabajar” sentados, porque su “trabajo” es el juego que nace del interior de cada uno; no podemos mostrarles el mundo a través de imágenes, no podemos sentarlos en la asamblea mientras usamos nuestro discurso verbal… porque estas prácticas, si bien están muy extendidas, no son acordes con los conocimientos que tenemos hoy en día y mucho menos, para la etapa de los 0 a los 3 años.

Si nuestra mirada cambia, la escuela cambia y nuestro rol cambia, ya vimos que los niños y las niñas no son recipientes que llenar de información como creían los empiristas, por lo tanto el “papel protagonista” del aula ya no es nuestro, es de los niños y las niñas. Los niños y niñas no guardan silencio, permanecen quietos y atienden al profesor o profesora, sino que toman un papel activo.

El adulto ya no dirige, el adulto acompaña el desarrollo de cada niño y cada niña y ofrece las oportunidades suficientes para que estos puedan desarrollarse en un ambiente en el que son respetados. 

Dirigir significa tener unos objetivos, unas expectativas, generalmente las mismas para todos y en el mismo momento y realizar acciones para que los niños y las niñas lleguen a ellas. 

Acompañar significa respetar a cada niño tal cual es, no como nos gustaría que fuera, aceptarlo, estar a su lado y ofrecer las medidas (sobre todo indirectas) necesarias para que cada uno pueda seguir su camino.

Al acompañar aceptamos que cada niño y cada niña es único, que tiene su propio ritmo, entendemos que dentro de un mismo grupo puede haber peques en etapas diferentes y por lo tanto con necesidades diferentes.

Pero para poder acompañar hay que observar y que “estar a la escucha” de las necesidades reales de cada niño y niña, interpretando sus señales, su gesto, su tono, su mirada, su voz… para poder “leer” lo que realmente necesitan, ajustándonos a cada uno y no actuando de forma mecánica. Personalizando las situaciones de cuidado, mirándoles, ofreciendo propuestas acordes a sus necesidades, poniendo más objetos cuando observamos que los necesitan…

Como adultos, somos su base de referencia, la figura que les aporta la seguridad necesaria para poderse dedicar a explorar el ambiente, a jugar, a aprender… favoreciendo que conquisten su progresiva autonomía. Como ya vimos en el primer bloque, esta relación se construye a través de los cuidados cotidianos, situaciones que ocurren muchas veces al día.

Como adultos también somos su acompañante emocional, que acepta todas las emociones y sabe darles respuesta, que media en los conflictos, que se encuentra emocionalmente disponible, que favorece un ambiente de seguridad, que impone límites que no limitan sino que dan seguridad.

El adulto favorece un ambiente relajado en el grupo y su lenguaje verbal y sobre todo no verbal es clave en este aspecto.

Nosotros somos ejemplo:

No gritamos, ni hablamos de lado a lado del aula, en lugar de eso, nos acercamos a cada niño o a cada niña, nos agachamos, le llamamos por su nombre, lo buscamos con la mirada, y anticipamos lo que vamos a hacer. Con un tono adecuado.

No realizamos gestos que no querríamos que hicieran los niños, por ejemplo, no quitamos los objetos de sus manos, no corremos tras ellos cuando “hacen algo”, al recoger los juguetes por ejemplo los cogemos con delicadeza, no los empujamos con el pie, los lanzamos o aparatamos de cualquier manera…

Los movimientos por el aula son pausados, calmados.

Los gestos hacia los niños, al tocarlos, al vestirlos, al cogerlos de la mano, tal y como vimos en el primer bloque, son delicados, suaves.

Posturalmente, el adulto se agacha, se acuclilla, para estar a la altura de los niños y las niñas, para poder establecer contacto visual con ellos.

 

En cuanto al lenguaje verbal, es importante:

 

Hablar tan a menudo como sea posible (aunque parezca que no nos entienden, pero ¡ojo! cuando sea necesario, sin caer en el exceso de llenar el silencio con palabras, el silencio  también es necesario y debe de ocupar su espacio). Es importante anticipar lo que les vamos a hacer, poner lenguaje a sus acciones y las nuestras, poner palabras a sus sentimientos, interesarse por sus intereses hablando del entorno, hablar de lo que han hecho durante la mañana, lo que ocurre en ese momento, lo que ocurrirá después…

“Ahora, te estoy preparando el agua porque te voy a lavar”

También cuando los vestimos de bebés

“levanta el brazo que voy a meterte la manga”

Al hablar con ellos, continuamente les estamos ofreciendo vocabulario nuevo: cuando realizamos acciones, cuando les decimos qué hay de comer, cuando les contamos lo que ha pasado durante la mañana, la ropa que lleva, la familia, quién le ha traído, quién irá a recogerlo…

 

Los adultos debemos ser modelos de lenguaje: hablar claro, con un tono de voz normal, con un vocabulario rico. Al niño le cuesta el mismo esfuerzo aprender en su cabeza la palabra coche que brum brum, la diferencia es que en el segundo caso, primero no está aprendiendo la palabra correcta y además después tiene que desaprenderla para aprender el modelo “correcto”.  Suele ser común utilizar palabras de este tipo con niños: “chicha” por carne, “mam” por comer, “nonon” por dormir, “guau guau” por perro, “brum” por coche, “pio pio” por pájaro, “tete” por chupete… Una cosa es que el niño o la niña por la madurez de sus órganos bucofonatorios no pueda decir chupete y le salga tete (pero en su cabeza el tiene representada la palabra chupete) y poco o poco conforme vaya adquiriendo nuevos fonemas, la palabra se irá perfeccionando y otra diferente que nosotros en vez de darle la palabra real, directamente le demos un mal modelo.

También debemos  evitar el uso de diminutivos “casita”, “manita”, “perrito”, “galletita”, “agüita”.

Durante el proceso de aprendizaje del lenguaje es completamente normal que los niños se equivoquen al hablar, pero ¿y cómo les corregimos? Yo os recomiendo usar la Sobrecorrección y no hacerles repetir la palabra que han dicho mal, porque de esta forma, le aportamos la manera correcta de decir la palabra, en vez de decirle directamente lo mal que lo ha hecho.

En vez de corregir directamente:           

– Niño: Se ha rompido

– Adulto: No se dice rompido, se dice roto

Utilizar la sobrecorrección:

– Niño: Se ha rompido.

– Adulto: ¿Se ha roto? , no pasa nada, ahora lo arreglamos.

 

– Niño: Mira un guau guau

– Adulto: Sí, es un perro y hace guau guau.

En vez de corregir directamente:

– Niño: ¡Un pego!

– Adulto: No se dice pego, se dice perrrrrrrro

Utilizar la sobrecorrección:

– Niño: ¡Un pego!

– Adulto: Sí, hay un perro.

 

Hablarles con naturalidad. No con sílabas como en el siguiente ejemplo:

– Niño: Quero paata

– Adulto: Toma PAA TAA  TAA

 

Hablar de las actividades que estáis realizando y recordar hechos divertidos del pasado.

Acabo de enterarme de que ya se dio acceso al curso de comunicación eficaz, escribí a Laia y me dijo que entrase en contacto con vosotros para ver cómo puedo acceder al curso y al grupo de Facebook al efecto. Gracias.

Hacer preguntas abiertas:

¿Qué quieres merendar?, ¿Prefieres plátano o manzana? En vez de ¿quieres manzana? Donde la posibilidad de respuesta solo es  sí o  no.

Dar tiempo a las respuestas de los niños, ser pacientes.  Este punto es complicado de seguir.

¿Nunca habéis visto la siguiente escena?:

– Señora: ¿Cómo te llamas? (refiriéndose al niño)

– Adulto que acompaña al niño: Pepito

Otro ejemplo:

– Señor: ¿De dónde vienes? (preguntando al niño)

– Adulto que acompaña al niño: Pues vengo del parque.

 

No adelantarnos a lo que quieren decir, no contestar por ellos. Esperar a que nos contesten para mantener el intercambio comunicativo.

– Niño: Quiero… (Mirando hacia un cuento)

– Adulto: ¡El cuento!

Este punto es muy interesante ya no sólo por el hecho de mantener un intercambio comunicativo y de respetar su forma de hablar, sino porque entre los 3 y los 5 años el 80% de los niños atraviesan un período de disfemia fisiológica, es decir, que los niños empiezan a tartamudear. Al ser un periodo fisiológico, significa que se pasa solo siempre que sigamos unas pautas, como son:

 No manifestar impaciencia ni ansiedad por su forma de hablar.

√ No reñir, criticar, censurar.

√ No hacerle observaciones sobre la manera de hablar.

√ No hacerle REPETIR palabras.

√ No pedirle que hable TRANQUILO.

√ Dar TIEMPO, no interrumpirle ni adivinarle lo  que va a decir.

√ No interrumpir al niño o a la niña cuando nos está narrando algo. Respetar su forma de expresarse. Los adultos, acostumbrados a nuestro mundo de prisas, solemos interrumpir, adivinar lo que quieren decir  o incluso añadir palabras a lo que nos están contando.

 ¿Alguna vez habéis hablado con alguien que no os dejaba hablar, que en cuanto decíais algo empezaba a hablar sobre su experiencia con el tema, sin dejaros seguir con vuestra historia?, ¿recordáis cómo os habéis sentido? 

Realizar expansiones y extensiones sobre lo que dice el niño o la niña, para incrementar la longitud de los enunciados, como ya hemos dicho más arriba es importante que nosotros les ofrezcamos el modelo correcto:

– Niño: agua.

– Adulto: ¿Quieres agua? Toma, está muy fresca.

 

– Niño: elefante.

– Adulto: ¡Qué elefante más grande!

 

Y para finalizar, el adulto como acompañante diseña los espacios para dar respuesta a las necesidades que encuentra en su grupo y dentro de cada espacio, diseña las propuestas, como vimos al hablar de la provocación, para que cada niño y cada niña pueda crear sus propios caminos hacia los aprendizajes.

 

Imágenes:

Imágenes propias, Laura Estremera.

Descárgate aquí el pdf de la lección

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