24. Nuestra mirada.

Bloque 3: Aprendizaje y juego

24. Nuestra mirada

En el primer bloque vimos la importancia del vínculo, el desarrollo emocional y cómo acompañar las necesidades de la primera infancia; continuamos con el movimiento, y en este nuevo bloque nos vamos a centrar en el desarrollo cognitivo, en el aprendizaje y para ello vamos a reflexionar sobre nuestra mirada.

Todos, seamos padres, maestros/as, educadores/as, tengamos hijos o no; todos, tenemos una mirada hacia la infancia, hacia lo que esperamos de ellos, lo que creemos que es normal y lo que no, lo que deben de hacer y lo que no, lo que debemos de hacer nosotros en consecuencia…

Esta mirada puede ser implícita o explícita, es probable que nunca hayamos reflexionado sobre ella, que simplemente hagamos las cosas que nos salen, que hemos visto, vivido o que nos han enseñado… también puede ser que esta mirada sea explícita, la hayamos sacado a la luz y hayamos decidido pensar sobre ella, sobre cómo vemos a la infancia, cual es nuestra imagen.

Si recordáis en el primer bloque os hable de la transmisión intergeneracional, cómo en función de nuestro vínculo primario con nuestros propios padres tendíamos a interpretar el mundo, a los demás… y que este vínculo y estilo de crianza solía mantenerse en un alto porcentaje a lo largo de toda la vida y era el que generábamos con nuestros hijos, alumnos… ya que era difícil tratar a los demás como a nosotros no nos habían tratado.

Por este motivo entre otros me parece importante la auto observación, el hacer explícito lo implícito para poderlo cambiar, para poder decidir de forma consciente qué quiero transmitir a los niños y niñas, cómo los quiero acompañar y no actuar de forma automática.

Según sea nuestra mirada, nuestro DECIR, nuestro HACER, nuestro PENSAR y nuestro SENTIR será diferente, la auto observación también nos ayuda a tomar conciencia de si estas 4 partes con congruentes porque ¿Cuántas veces pensamos una cosa pero luego nos resulta complejo llevarlo a la práctica?, ¿cuántas veces pensamos que en una situación complicada no vamos a enfadarnos pero nuestro sentir nos dice lo contrario, nuestro corazón se acelera, sentimos rabia…?, ¿cuántas veces decimos algo que no sentimos o que no pensamos?…

Los bebés, los niños y las niñas son especialmente sensibles a estas incongruencias entre el decir, el hacer, el pensar y el sentir; ya vimos que debido a cómo se desarrollaba su cerebro recibían mucha más información no verbal que verbal por lo que si ante una situación emocionalmente intensa gritamos “¡no chilles!” lo que realmente les llega es nuestro gesto de enfado, nuestra mirada, nuestra postura tensa, nuestra voz elevada… y no nuestro lenguaje; de igual forma si intentamos contener en nuestro regazo a un peque que lo necesita y estamos sintiendo y pensando que no desearíamos estar ahí, lo va a notar y estas incongruencias les generan inseguridad.

 

2 grandes teorías

¿Cómo vemos al niño y a la niña?

 ¿Creemos que los peques son como recipientes vacíos que tenemos que llenar de información?, ¿que necesitan que los adultos les enseñemos cosas para aprender?

 ¿Creemos que los peques aprenden por ellos mismos si les ofrecemos un ambiente adecuado?

 

Existen a grandes rasgos 2 grandes teorías sobre cómo se aprende:

Los empiristas, pensaban que los seres humanos llegaban a este mundo como pizarras en blanco, como vasos vacíos que los adultos tenían que “llenar”. Los bebés, los niños y las niñas eran meros receptores pasivos de información y datos, de esta forma, es como creían que se aprendía. Esta corriente todavía está muy extendida en nuestras aulas, ¿cómo es una asamblea en el primer ciclo de educación infantil?, ¿y en el resto de etapas? Simplemente con ver cómo se diseñan las aulas podemos hacernos una idea de qué mirada hay hacia la infancia, en cuántas aulas están todas las mesas (separadas o en grupos) mirando hacia la pizarra y el profesor, esta distribución ya nos hace ver que lo que allí predomina es un adulto que transmite los conocimientos y unos alumnos que reciben la información de forma pasiva; siguiendo esta mirada, como los niños y las niñas son receptores pasivos de información y estos aprenden “sin hacer nada” las paredes de las aulas se llenan de estímulos, de carteles, de dibujos, de imágenes, de números, de letras…

Además como es el adulto el que decide qué quiere enseñar, porque el niño y la niña son pizarras en blanco que pueden adquirir cualquier cosa; se pueden presentar contenidos muy pronto, “cuanto antes mejor”, en esta línea estaría la estimulación (a través de mostrar imágenes como bits de inteligencia, letras, palabras, hacerles ejercicios para que aprendan a moverse antes…) la sobreestimulación.

Esta perspectiva se centra en el deseo del adulto, es el que tiene “el protagonismo” en el ámbito educativo, el que decide qué enseñar y en qué momento, sin importar no conocer a los alumnos, sus necesidades, sus ritmos, sus intereses… como ocurre con tantas programaciones, unidades didácticas, los mal llamados proyectos…

Y como realmente no todos los niños y niñas quieren, pueden o necesitan aprender lo que se les impone, se utilizan premios y castigos para conseguir que lo hagan. 

Por otro lado, los constructivistas (que por cierto, es la mirada que sigue el currículum)  creían que los niños y las niñas no eran meros receptores de información, sino que el ser humano aprendía de forma activa, haciendo, a través del movimiento, la manipulación, el juego… el ser humano iba construyendo sus propios caminos de aprendizaje, construyéndose a sí mismo.

Hoy en día, esta última mirada hacia  el aprendizaje es la “oficial” la que ha descubierto la psicología que es la más acorde a cómo aprendemos, en cambio ¿en cuántos centros se sigue viendo al niño como un receptor pasivo de información?, ¿qué peso y reconocimiento tiene el juego y la manipulación libre en comparación a las actividades dirigidas?, en la escuela primaria ¿qué peso tiene el descubrimiento y la manipulación en comparación al libro de texto? 

Como ya os habréis dado cuenta la mirada que estamos siguiendo en el curso es una mirada constructivista que ve al bebé desde que nace capaz, que puede actuar siguiendo su deseo, de forma activa, que gracias a nuestro acompañamiento y propuestas puede desarrollarse siguiendo sus propias necesidades, adquiriendo los aprendizajes de forma natural. 

Lo que está claro es que si cambiamos la mirada, el rol de adulto también cambia, dejamos de ser transmisores de información y programadores de contenidos para comenzar a facilitar diferentes caminos para que todos puedan alcanzar los aprendizajes, a crear diferentes oportunidades y propuestas, a acompañar el desarrollo.

Y si el adulto cambia también lo tiene que hacer el ambiente, el aula, que ya no es un espacio entre cuatro paredes donde el adulto a través principalmente del lenguaje oral enseña mientras el resto permanece pasivo sentado; el ambiente es un espacio en el que hay diferentes propuestas que favorecen la adquisición de conocimientos. 

Por lo tanto el verdadero cambio educativo no depende de tablets o innovación, sino que nace de un cambio en la mirada del adulto y por lo tanto de su metodología y acompañamiento.

¿De qué sirve realizar actividades sensoriales, contar cuentos sobre las emociones, quitar los posters de las paredes y poner una clase bonita, cambiar el plástico por la madera, quitar los juguetes de luces y pilas… si no hay detrás un cambio de mirada por parte del adulto que acompaña?

  

Os dejo dos artículos que os pueden resultar interesantes:

Transformar la educación exige en primer lugar un cambio de  mirada.

Una escuela viva y activa. 

 

 

 

Imágenes

Propias de Laura Estremera

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