10. Acompañamiento emocional.

Bloque 1: Vínculo.

10. Acompañamiento emocional.

Entender de dónde venimos, la importancia de los vínculos, cómo se desarrolla el cerebro y algunas de las características del desarrollo de los 0 a los 3 años nos puede ser muy útil para comprender por qué nuestros niños hacen lo que hacen. Conocerlo es útil para poderlo acompañar y para conocer las necesidades reales y reflexionar sobre tantas prácticas que se realizan en la escuela que no corresponden a necesidades de los pequeños, sino a las de los adultos.

En esta lección os voy a hablar del acompañamiento emocional, de qué podemos hacer a grandes rasgos cuando hay un conflicto o una situación emocional intensa, pero antes, voy a hablaros de algo que comúnmente se suele hacer en las aulas como forma de control de la conducta y de las emociones: el premio y el castigo.

 

Premios y castigos

Los premios y los castigos como forma aceptada y “científica” de control de los pequeños nació en la época conductista (podéis volver a leer la primera lección si lo necesitáis) digo “científica” porque el castigo y el premio se utilizaba desde mucho antes pero en esta época adquirió un toque de “educativo”. Si recordáis por aquella época los conductistas querían hacer de la psicología una ciencia medible, replicable, realizando investigaciones en sus laboratorios generalmente con animales, para llevar las conclusiones a las que llegaban al ser humano. No tenían en cuenta la mente, los sentimientos, las emociones, el vínculo, lo que pasaba por dentro de individuo ni lo que ocurría a largo plazo, importaba controlar la conducta observable. A simple vista sus técnicas eran un éxito ¿cómo hacer que una conducta no aparezca? Pues castigándola; ¿cómo hacer que una conducta aparezca más veces? Premiándola. La tarea del maestro era la de saber aplicar la cantidad adecuada de premio y de castigo en el momento oportuno para que los alumnos y las alumnas hicieran lo que el adulto deseaba. Y digo la cantidad adecuada porque en aquella época ya era bien sabido que los castigos a largo plazo dejaban de funcionar, la criatura se acostumbraba, lo mismo que los premios.

Pero ni los humanos somos palomas, ni podemos ignorar lo que ocurre por dentro del cuerpo, así que aunque funcionen a corto plazo, el precio que se paga, bajo mi punto de vista, es muy alto.

El castigo sólo tiene en cuenta la conducta externa, ignora las razones y los motivos que llevan a la persona a actuar de esa manera. Aunque el castigo elimine esa conducta (pegar, morder, gritar…) como la necesidad sigue presente vuelve a aparecer transformada en otro tipo de conducta ¿no será más lógico atender las causas?

Los premios y los castigos no tienen en cuenta la mente de la persona ni sus emociones, cosa que hoy en día no podemos negar.

La persona castigada no aprende las verdaderas razones de por qué debe de hacer una cosa o no hacerla. Los premios y los castigos generan una motivación extrínseca, es decir, se actúa por el miedo al castigo o por el placer del premio, pero no porque la persona lo haya interiorizado, lo que significa, que una vez se deja de premiar o castigar, vuelve a hacer (o no hacer, en el caso del premio) aquello que se pretendía evitar.

El vínculo se debilita. Ya hemos visto que un vínculo seguro es la base para la estabilidad emocional, para la futura salud mental, para el aprendizaje… el vínculo debe de ser siempre sólido, también en los momentos difíciles porque es cuando el niño o la niña más necesitan sentirse aceptados y acogidos. El vínculo no debe de ser condicional, no debe de depender de cómo te portes, el vínculo debe  de ser el mismo independientemente de lo que pienses, necesites, sientas o los motivos que te lleven a hacer algo. Cuando el amor tiene condiciones, cuando el vínculo depende de las emociones y el comportamiento, cuando sólo está disponible cuando el niño o la niña se porta como el adulto desea, por un lado favorece un vínculo inseguro, con las repercusiones que ello tiene, por otro a la persona se le ofrece el mensaje de que no nos importa lo que piense, lo que sea, lo que necesita, lo que siente… sino que por encima de todo ello, importa lo que quiere el adulto y sólo será respondido si el niño o la niña hacen lo que cree el adulto que debe de hacer.

Aunque el castigo es efectivo a corto plazo porque en seguida se observan cambios en la conducta, no lo es a largo plazo, de hecho, el castigo genera culpa, impide el desarrollo moral, genera temor a la autoridad, ansiedad, desconfianza, baja autoestima, rabia y violencia.

Y es que el castigo y el premio no responden más que a la impotencia del adulto, a no saber qué hacer y cómo gestionar la situación, castigar y premiar es fácil, lo difícil es acompañar.

El castigo puede adoptar múltiples formas, algunas tan sutiles que a simple vista ni lo parecen, como es el caso de algunas consecuencias, anticipaciones… que en realidad no dejan de ser una amenaza explicada de forma amable. A grandes rasgos el castigo seguiría un continuo, desde el físico, las silla de pensar, ignorar al niño o a la niña, quitar privilegios (quedarte sin recreo, sin tu juguete preferido…) hasta el premio.

 

Separar la persona de la emoción

Todas las emociones sirven para algo y por lo tanto son válidas y respetables, aunque nosotros no las compartamos. Lo que puede no ser aceptable es la manifestación de esa emoción (por ejemplo si pega o muerde porque siente ira)

Todas las emociones son válidas y debemos de separarlas de la persona, es decir, puede que no aceptemos cierta manifestación de la ira, de la tristeza, de la alegría… que no es adecuada socialmente, pero siempre se acepta a la persona, el niño o la niña siempre tiene que sentirse querido, acogido.

Es importante ser capaz de acoger todas las emociones en vez de decirles cómo tienen que sentirse, ¿cuántas veces oímos “no llores”, “no te enfades…”?

Los sentimientos tienen 2 manifestaciones:

√ Una base biológica, que son los cambios fisiológicos que se producen en el sistema nervioso y en otros sistemas, más los pensamientos que despierta.

√ Una expresión social: gritar, dar patadas, resignarse…

Cuando los adultos cuestionamos y reprimimos la expresión social de una emoción, haciéndoles ver que no son válidas y que tienen que suprimirlas,  podemos hacer que los niños y las niñas supriman sus sentimientos en vez de expresarlos y regularlos con la ayuda de los adultos, dejan de llorar, de gritar… pero lo que no desaparece es la base biológica, que sigue activa y que puede provocar tanto deficiencias en el sistema inmunitario como angustia, comportamientos agresivos, tics, incluso perder un feedback importante sobre lo que realmente les genera una situación.

El control de las propias emociones, como veremos un poco más adelante, depende de la corteza prefrontal, una de las últimas zonas del cerebro en madurar, por lo que nuestro acompañamiento como reguladores emocionales, será esencial.

 

La auto observación

Y si es importante nuestro papel como adultos para ayudar a regular las emociones y a gestionar los conflictos, será importante que hagamos un trabajo personal, que nos conozcamos más a nosotros mismos para comprender que, hay situaciones que nos despiertan sentimientos y vivencias y que eso no forma parte de la situación, es nuestro.

Es importante tomar conciencia de las situaciones que nos irritan, que nos enfadan, que nos ponen nerviosos, que nos despiertan miedos, que nos hacen colocarnos el un determinado “bando” cuando hay un conflicto… para conectar con los sentimientos que nos producen, con nuestro lenguaje no verbal…

Es importante tomar conciencia de las situaciones en las que actuamos de forma automática (cuando nos sale un ¡no!, un grito…)

Es importante reflexionar sobre cómo me han criado, cuál ha sido mi vínculo con mi familia de origen y mi estilo de crianza porque debido a la transmisión intergeneracional es posible que estemos tratando a los pequeños como a nosotros nos han tratado.

“Nosotros creemos que la razón principal de que algunas personas encuentren suma dificultad para expresar la pena que sienten depende de la familia en la que se han criado: el comportamiento de apego por parte de un niño era escasamente comprendido y como algo a superar lo antes posible, al avanzar el desarrollo. En familias así, el llanto y otras protestas relativas a la separación son considerarlas propias de un bebé y la ira o los celos como algo punible. Además cuanto más pida un niño estar con su madre o con su padre, tanto más se le dice que tales exigencias son tontas e injustificadas; cuanto más llora o tiene rabietas, escucha cómo ha de hacerlo un niño mayorcito y que es malo. Como resultado a estar sometidos a estas presiones, es probable que llegue a aceptar tales normas como propias, llorar, plantear exigencias, enfadarse porque no se le hace caso, hacer reproches a otros, todo ello será juzgado por él como injustificado, pueril y “malo”. Así al sufrir una pérdida, en lugar de expresar los sentimientos que toda persona experimenta cuando pierde a un ser querido, tiende a sofocarlos. Por otra parte, sus parientes producto de la misma cultura familiar, es probable que compartan idéntica actitud crítica frente a las emociones y su expresión. Y así, aquella persona que más necesita comprensión y que la animen, es la última que probablemente los reciba.”

Bowlby, Vínculos afectivos: formación, desarrollo y pérdida.

 

Es importante que tomemos conciencia de cuáles con nuestras necesidades y cuáles las de los niños y las niñas y que seamos honestos.

Es importante la auto observación para comprender las situaciones, ponernos en el punto de vista de los peques y no llevarnos los conflictos a un terreno personal en el que nos sentimos agredidos o incluso llegamos a pensar que son culpa nuestra, que las familias dudarán de nuestra profesionalidad…

Por último, cuando vemos que hay dificultades en un grupo o con un niño o niña en concreto por qué no pensamos ¿en qué puedo cambiar yo para que se mejore la situación? Porque generalmente, cuando nosotros cambiamos y cambia nuestro trato, ellos cambian, porque estamos interconectados.

 

El vínculo y los cuidados cotidianos

El vínculo ya vimos que es clave para el desarrollo, también para el acompañamiento emocional y las situaciones de conflicto.

El afecto, debe de ser incondicional, el niño o la niña siempre tienen que sentir el apoyo del adulto, también en las situaciones difíciles, porque es cuando más lo necesitan.

El niño o la niña que se siente bien, que se le respeta, no se porta mal.

Al principio los peques no pueden controlar sus emociones, por eso es importante nuestro acompañamiento y si no las controlan no es porque no quieran o porque tengamos que enseñárselo, es porque no pueden. La corteza prefrontal que es la zona encargada de ello y está en la parte más anterior del neocórtex, comienza a madurar entre el año y los 2 años y no termina hasta los 25 – 27 años.

Además, la corteza órbito frontal, la zona encargada de decidir si una conducta es socialmente aceptable, que suprime los impulsos, que actúa pensando, que puede inhibir la rabia y el miedo… no se desarrolla simplemente con el paso del tiempo como sucede con otras áreas, esta en concreto depende de las experiencias personales de intercambio con el otro, cuando dominan las interacciones agradables. Por lo que para el desarrollo de esta zona es más importante cogerlos en brazos, disfrutar juntos que darles grandes lecciones. De hecho, los niños y niñas privados de afecto presentan dificultades en la adquisición normal de las funciones ejecutivas. Y yo me pregunto ¿esto se tiene en cuenta en la escuela?.

Por otro lado, y relacionado con el vínculo, os hablaré de los cuidados cotidianos de la pedagogía Pikler Lóczy y es que, en su instituto favorecen el vínculo a través de las situaciones de cuidados como son el cambio de pañal, la comida, el sueño… situaciones diarias que se repiten continuamente en la escuela y desde las que podemos favorecer el vínculo.

 

Prevención

Es importante observar a los niños y las niñas para conocerlos, de esta forma también podremos anticipar situaciones, satisfacer necesidades y así prevenir conflictos, por ejemplo ofreciéndole comida a un niño o una niña que está molesto porque tiene hambre; acompañando a dormir a un peque si tiene sueño; ofreciendo más materiales de juego si vemos que se interesan varios niños o niñas; ofreciendo un entorno seguro con normas claras e inequívocas y pocas prohibiciones…

 

Pero cuando todo falla…

Pero los conflictos son inherentes a la vida y a la vez son grandes oportunidades de aprendizaje, los conflictos no deben de ser algo a evitar si sabemos cómo abordarlos.

Cuando ocurre un conflicto es importante que mantengamos la calma, que favorezcamos una atmósfera tranquila, serena y equilibrada, para ello es importante nuestra auto observación y tener en cuenta qué expresa nuestro lenguaje no verbal.

Hay que comprender lo ocurrido y empatizar.

Agacharnos a su altura, mirarles a los ojos, conectar con ellos, tacto, contacto, contención, presencia, tanto al “agresor” como al “agredido”. Durante los 3 primeros años los niños y las niñas son más sensibles al gesto, al tono, a las expresiones faciales, a cómo se les coge, a cómo se les trata que al lenguaje verbal. Son momentos en los que necesitan nuestro apoyo, no nuestro rechazo, favoreceremos el vínculo y la relación.

Es importante que puedan expresar lo que sienten (la sala de psicomotricidad será un gran recurso puesto que a través del juego exteriorizan muchas emociones) también durante el conflicto, nosotros acogeremos esas emociones desde nuestra calma, prevendremos en el caso de que vaya a haber alguna agresión, desde nuestro cuerpo si es necesario, y les ofreceremos herramientas, alternativas y ejemplo (no correr tras ellos, quitarles las cosas de las manos, no “hacer justicia”, gritar, enfadarse, juzgar…) para que progresivamente encuentren soluciones pacíficas, que aprendan a pedir y a defenderse de una forma respetuosa.

Por último utilizaremos el lenguaje, tanto para ofrecer herramientas y dar ejemplo “lo está utilizando X”, “Cuando acabes con él se lo devuelves”… Como para poner palabras a sus emociones “veo que estás enfadado, pero puedes…”, con niños más mayores se puede hablar de lo sucedido una vez ha pasado el conflicto, buscar alternativas…

 

La idea no es ofrecer herramientas mágicas que solucionen los conflictos, sino tomar conciencia sobre ellos y cómo podemos acompañarlos de una forma respetuosa para que nuestros peques se desarrollen en un entorno adecuado.

  

 

Imágenes:

  1. Propiedad de Laura Estremera
  2. Corteza orbitofrontal 
  3. Cerebro privado de afecto 

descárgate aquí le lección en pdf

CONTENIDO EXTRA

1. Vídeo separar la conducta (y a la persona) de la emoción. 

2. Os dejo una charla de Carlos González sobre autoridad y límites.

3. Vídeo Sobre educar o acompañar las emociones 

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